21 de julio de 2015

Trek Fuel ex 7 27.5


Los hombres y los niños sólo se diferencian en el precio de sus juguetes. Anónimo.

19 de junio de 2015

Pachamama


Necesitaba salir, aunque fuera un suspiro a contrarreloj, desconectar, despejarse, llegar y sentarse en el bancalet de la Gota, escuchar el hilillo de agua cayendo y las ramas del álamo mecidas por la brisa que corría encajonada por la Vigueta.

Subió como casi siempre hacia el Berro, sumido en sus pensamientos de los que sólo fue capaz de abstraerse en la subida antes de la bifurcación, cuando tuvo que concentrarse en mantener el equilibrio e improvisar la trayectoria, borrada por el último chaparrón.

Llegó casi sin darse cuenta a la fuente, agradeciendo a la Sierra lo extrañamente silenciosa y vacía que se encontraba para ser un domingo de junio. Se sentó un buen rato intentando no pensar en nada, observando los picos que casi le rodeaban por completo, se sentía protegido por esas montañas, arropado por el susurro de viento agitando las hojas de los árboles y por ese silencio casi irreal, tan irreal que, por un momento, pensó que era un silencio impuesto por la propia montaña, un gesto de acogimiento, un abrazo materno al hijo necesitado de él. Por un momento se sintió a salvo de sus miedos, protegido por algo más grande que él o que cualquiera. Durante ese instante que nadie le puede robar, se sintió seguro y reconfortado.

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La Pachamama (la Madre Tierra) representa a la Tierra, pero no solo el suelo o la tierra geológica, así como tampoco solo la naturaleza; es todo ello en su conjunto. No está localizada en un lugar específico, pero se concentra en ciertos lugares como manantiales, vertientes, o apachetas*. Es una deidad inmediata y cotidiana, que actúa directamente, por presencia y con la cual se dialoga permanentemente, ya sea pidiéndose sustento o disculpándose por alguna falta cometida en contra de la tierra y por todo lo que nos provee. No es una divinidad creadora sino protectora y proveedora; cobija a los seres humanos, posibilita la vida y favorece la fecundidad y la fertilidad


*La apacheta, del quechua: apachita, es un montículo de piedras en forma cónica una sobre la otra que realizaban los pueblos indígenas de los Andes de América del Sur a modo de ofrenda a la pachamama y/o deidades del lugar, en las cuestas difíciles de los caminos incas.

25 de mayo de 2015

El traje nuevo del emperador


- Ya lo he leído Papi.
- ¿Y lo has entendido?
- No.
- No te preocupes, ya lo entenderás. El mundo está lleno de ejemplos.

9 de marzo de 2015

Invisible


Siempre se sintió más a gusto pasando desapercibido. A lo largo de su vida había perfeccionado la técnica de camuflarse en la medianía, de no destacar en exceso, de ampararse en el bajo perfil. Lo consideraba un modo de vida tan válido como cualquier otro, en el que él encontraba confort y seguridad.

Subiendo hacia el Mirador de La Pedrera observaba cómo, mes a mes, las tonalidades marrones ganaban terreno a las verdes. Como los daños del Tomicus se hacían cada vez más visibles y extensos. Estaba seguro de que la gran mayoría de las personas que pasaban por la zona desconocían que el culpable era un pequeño coleóptero de no más de 5mm. A este escolítido, autóctono de la zona, le ha bastado la ausencia de lluvia para proliferar a costa de la debilidad de los pinos que, en un estado normal de salud, son capaces de controlarlo. Ahora ha salido del anonimato, se ha mostrado como una plaga virulenta y mortífera y, quizás, esa demostración de poder sea su perdición, porque está obligando a tomar medidas para su control.

Disfrutando del sendero paralelo a la carretera de las canteras se imaginaba al Tomicus como un superorganismo organizado en miles de individuos unidos por un vínculo feromonal y capaces de sacrificar a parte de la colonia por el bien de la misma. Un ente inteligente capaz de tomar decisiones y diseñar estrategias de colonización. Sabía perfectamente que no era así. Al final todo se reducía a alguien que había encontrado su oportunidad. A estar en el sitio justo en el momento adecuado. Sabía que todo era cuestión de volver a la posición de equilibrio y que, muy probablemente, esto se logrará, mucho tiempo y muchos pinos después, gracias al esfuerzo de los árboles más que a cualquier intervención externa.

Cruzó la carretera que ascendía hacia la Cartuja atravesando el aparcamiento improvisado en el que se había convertido el Pla de Lucas los fines de semana. Veía ciclistas bajando de los coches sus flamantes dobles de muchos miles de euros y, de nuevo comprobó como su estrategia funcionaba, como esa invisibilidad, ese camuflaje, le hacía pasar desapercibido, convirtiéndose en algo más que una estrategia, en un modo de vida.


21 de enero de 2015

Desiertos


“En los siguientes 500 kilómetros apenas sucede nada. Cuando llego a Nouackchott tengo las retinas llenas de arena y piedras, y la tarjeta de la cámara fotográfica repleta de imágenes de dunas y hamadas inabarcables. Mi cabeza, en cambio, hierve de dudas. Hace días que me pregunto qué hago aquí. Tengo una crisis. Me falta la motivación.”

Siete desiertos con un par de ruedas. Sergi Fernández. Saga Editorial (2010).

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Hace frío y sus dedos, a pesar de la calefacción, se quedan helados con el tacto de símil cuero del volante. Suena Dinero de Marlango. El día amanecerá lluvioso y, como siempre que caen cuatro gotas, prevé atascos en los mismos puntos de siempre. Como siempre prevé que acertará en sus previsiones.

Once años después el camino es el mismo, las ilusiones y las energías no. Se fueron quedando entre acelerones y frenazos, entre proyectos inacabados o muertos antes de nacer. Cada mañana la rutina se hace más insoportable. Intenta refugiarse en sus muros, en sus oasis, para recobrar fuerzas y reiniciar la marcha. Le gustaría tener un destino definido, como lo tenía  Sergi en sus siete retos, le gustaría decirse a sí mismo que la única forma de llegar a ese destino es no dejar de pedalear, no rendirse, avanzar día a día. Pero cuando logra hacerlo, sus palabras suenas huecas, vacías, perdiéndose en su desierto personal e intransferible

5 de enero de 2015

Tesoros en la Calderona


Por un momento se sintió como el viejo pirata que encuentra el cofre del tesoro.

Mil gracias Pedro.

24 de noviembre de 2014

Otoño en la Calderona


El álamo de Julio y de todos.

24 de octubre de 2014

Acariciando la no ficción: El hombre de la Sierra Calderona


 

- ¿Sabéis de qué especie es el árbol de la Gota?....Creo que es un álamo temblón…

Al leer El hombre de la Sierra Calderona, comprendió porqué Pedro lanzó esa pregunta al aire, sin venir a cuento en la conversación, mantenida a cuatro bandas, en el cada vez más habitual punto de encuentro de la Font del Berro.

Fue mientras leía la novela cuando su mente reconstruyó aquella escena en el Berro. Recordó a Pedro como dirigía su mirada hacia la caseta que apenas se divisaba desde donde se encontraba

Allí es donde sucede todo.

Entonces entendió que esa novela, su novela, escrita en unos pocos meses, llevaba mucho más tiempo gestándose en su interior. Quizá tanto tiempo como llevaba recorriendo estas montañas, o quizá mucho más, quizás empezó a hacerlo cuando de niño pasaba los veranos en el chalet y comenzaba a descubrir la naturaleza, como le pasó a Julio cuando acompañaba a regar a su padre.

De nuevo, como le ocurrió con El verano de los perros flacos, se imaginaba una película. Quizás mucho más con esta. Las escenas perfectamente estructuradas, los capítulos funcionando casi como microrrelatos, el enorme flashback, el ritmo vivo. Imaginaba a la manada con cámaras subjetivas a ras de suelo que permitieran captar el miedo de Moset a la camisa de la culebra, el roce de los matorrales en el cuerpo de los podencos cuando perseguían un conejo o la velocidad de Nati al correr la liebre en La Morruda.

Mientras leía podía sentirle el pulso, la vida. Sentir la montaña, la única protagonista mostrando sus múltiples caras, mientras el resto de rostros, humanos y animales, estaban premeditadamente difuminados, carentes de rasgos y descripciones. Esto le obligaba casi sin quererlo a poner cara a cada personaje. A veces Julio era él mismo, otras le gustaba verse como el ciclista que se para a contemplar a Moby Dick, deteniéndose a observar lombrices gigantes o sintiendo entre sus dedos los pelillos del largo tallo de las amapolas moradas que emergían entre las altas gramíneas en la pista de Potrillos. Pero la mayoría de ocasiones Julio era Pedro, oía su voz gritando monosílabos a los perros, veía su cara emergiendo del barro rojo tras la barrancada en la Vigueta, tomando el café tocado de la Oroley, persiguiendo al quad por Tristán o inhalando los aromas de las plantas aromáticas mientras se desangraba con la femoral perforada por el jabalí en el Berro.

Pero si algo rezumaba el libro era gratitud. Cada párrafo evidenciaba el motivo de su escritura, percibía en cada línea la intención de devolver algo de todo lo recibido durante años pasados y de todo lo que resta por recibir en tiempos futuros. La forma elegida, aunque al final no dejaba de ser el vehículo con el que quieres llegar, el empaquetado del regalo, resulta especialmente acertada: Un relato de ficción gestado desde las experiencias vividas, y no vividas, de un hombre con su lugar de refugio, de acogida, de consuelo y, cómo no, de aprendizaje. Una persona que siempre ha buscado, a su manera, la comunión con este entorno que da y quita con tanta facilidad como nobleza y que ha quedado hechizado por su sencillez y por su pureza.

20 de octubre de 2014

Canibalismo digital


Saturno devorando a sus hijos. Lo digital adueñándose de todo hasta adquirir garantía de verdad absoluta e indiscutible. Las pantallas como único recurso y motor de la existencia humana.

Sólo hay que levantar la vista para descubrir que la verdadera belleza está a un paso y la podemos tocar.

16 de octubre de 2014