2 de febrero de 2017

Simbolismos


Hacía un viento fuerte y racheado que jugueteaba con él, zarandeándolo de un lado a otro de la pista. Avanzaba con infinita paciencia con la barbilla casi tocando el manillar, buscando exponer la mínima superficie corporal.

Quería verlo por última vez antes de que se lo llevaran. Cuando tomó la carretera de asfalto rugoso que lleva a la Cartuja, el viento amainó de repente, como si quisiera disculparse por haber sido el culpable de tumbarlo. Yacía desnudo, desprovisto de todo. Amputado y lleno de cortes, como anticipando la inevitable autopsia. Al verlo, le vino a la mente esas fotos de caza mayor donde la mirada hacia el infinito de la víctima aún refleja el absurdo de todo.

Meses atrás parecía que todas las fuerzas de la naturaleza se habían unido para acabar con él. Miríadas de insectos perforadores, sequías extremas, el paso de los años, la vejez…todos y cada uno de ellos eran señalados por el dedo acusador como una alianza mortal contra la que no se pudo hacer nada. Ese mismo dedo, había permanecido años quieto, acomodado, dedicado a otras prioridades de mayor repercusión mediática, sin prestarle a él ni a los otros miembros de la cada vez más reducida familia de los árboles monumentales, la más mínima atención, sin voluntad o capacidad alguna de prever ni de anticipar nada. Entre todos lo mataron y el sólo se murió.

Subió hacia Potrillos atravesando riachuelos improvisados creados por las últimas lluvias. Arriba volvió el viento, que arreciaba todavía más en el Castell de Serra. Buscó un poco de calma en L’Ombria, donde un grupo de petirrojos iba y venía revoloteando con descaro alrededor de la fuente solo interrumpidos por la llegada de un mirlo que parecía querer poner algo de orden en aquel recreo.

La vida sigue. 

31 de agosto de 2016

El video mató a la estrella de la radio


Eternas conversaciones de madrugada que se olvidaban a los pocos días. Temas recurrentes que recorrían diferentes caminos para llegar siempre a los mismos sitios. Opiniones enfrentadas, discusiones, compromisos y acuerdos sobre cosas tan banales como importantes. Comentarios acompañados de un repertorio de gestos y tonos que formaban parte vital de la información transmitida. Confidencias en la penumbra antes de la despedida. Silencios. Miradas. Pasar el tiempo. Vivir el presente gastándolo como quieras. Sin interrupciones. Vista. Olfato. Tacto. Fisicidad. Cara a cara. Entre nosotros. Sin cámaras. Cenas mirando a sus amigos a los ojos. Calles repletas de transeúntes con la cabeza erguida. Pasajeros mirando por la ventanilla del tren. Derecho a olvidar. A negar la perpetua permanencia, a pasar de puntillas sin dejar rastro, sin tener necesidad de borrar nada. A decidir quién es el destinatario de sus palabras. A dejarlas reposar. A esperar y a hacer esperar. Derecho a no saber. A desconocer. A ignorar. A aprender por uno mismo. A descubrir. A la no información. A la no inmediatez. A no abarcar todo. A ser dueño de su propia vida.

19 de mayo de 2016

Profesionales



Con los ojos muy abiertos y una expresión mezcla de incredulidad, dolor e impotencia, Vega no acertaba a emitir más que monosílabos al intentar responder a las cuestiones formuladas por la anestesista. Con un tono seco y mecánico la bombardeaba a preguntas protocolizadas, ignorando las respuestas de sus padres mientras, cuatro enfermeras al unísono abrían vías, colocaban goteros y pinchaban para extraer sangre por enésima vez antes de bajarla a quirófano para una operación de urgencia que, difícilmente podría enmendar el daño causado por una actitud prepotente y un comportamiento bordeando la negligencia de algún profesional de la medicina.

Mientras preparaban a su hija, observaba a la anestesista, sin poder entender esa forma de actuar. La tenía a menos de un paso de distancia, pero no la sentía. La imaginaba sentada en su pedestal, ganado a pulso por su profesionalidad, en el Olimpo de los anestesistas. Desde allí llegaba su voz, emitiendo frases en modo contestador automático de encuesta telefónica. Frases que, seguro habría formulado mil veces de la misma manera a mil personas distintas para todos menos para ella.

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El Pí de la Bassa se muere. Lo que no conseguían los años lo están haciendo la sequía y su socio el Tomicus. El pino carrasco monumental, a sus casi 190 años, sufre un deterioro profundo, exteriorizado por el amarilleamiento de gran parte de sus acículas, del que difícilmente saldrá adelante.
Se está actuando con todas las herramientas disponibles, desde la más simple -hidratación- hasta tratamientos con endoterapia que eliminen en insecto de su interior y permitan una recuperación que sería casi milagrosa.

Cuando los sábados pasa junto a él y ve su perímetro acordonado como una especie de UCI móvil, le viene a la cabeza la imagen, vista en la prensa, de los técnicos de control de plagas colocando las múltiples cánulas en su tronco para conseguir que la abamectina alcance sus venas y entre en contacto mortal con el escarabajo asesino.
Entonces piensa en vías, en goteros y en personas asustadas a merced de profesionales y sabe que, con toda seguridad, el viejo árbol ha sido tratado con el mimo y el cariño que a otros en algún momento les faltó.

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Seguro que la breve estancia en la UCI del hospital no supone más que un fugaz recuerdo para ella. En menos de 24 horas subiría de nuevo a planta por orden expresa del jefe de médicos de la Unidad de Cuidados Intensivos que, diariamente atiende personalmente a todos los familiares con pacientes en la Unidad, lo que no evita que les dedique todo el tiempo necesario explicándoles todos los detalles del estado de su hija y su evolución desde la salida del quirófano. Desde el primer momento comprobaron que su profesionalidad no estaba reñida con su mirada directa y sincera, su trato cercano, su amabilidad y su total disponibilidad para lo que necesitaran. 

31 de marzo de 2016

Como siempre


Siente como todo vuelve. Vuelven las palabras. Las frases. Las ganas de soltarlo todo ante un teclado. Todo es distinto, pero igual. Distintos ojos le observan con la misma mirada de siempre. Los mismos sentimientos. Las mismas historias. Los mismos pensamientos. La misma calma tensa. La misma soledad a pesar de la compañía.

Todo vuelve. El tiempo circular. La lata aplastada sobre la mesa por el manotazo de Cohle. El eterno retorno.

Cada mañana ocho galletas cuadradas dispuestas en parejas. Dos de ellas divididas en 4 partes siempre irremediablemente desiguales. Desiguales cada día. Cada año. Cada siempre. Los ojos color almendra de Thor esperan cada pedacito con una mezcla perfectamente proporcionada de ansiedad y rutina. Los perros saben contar. Por lo menos hasta ocho.

Como todos los días la curva de las retenciones absurdas le hace meter primera hasta detenerse. Como todos los días gira la cabeza a su izquierda y se maravilla de la dicotomía, del contraste de la zona ajardinada con el césped cortado a tiralíneas a la cuasi selva de diez metros más allá, Bendice a la paradoja de las competencias territoriales. Se vuelve a fijar en la palmera. Lleva tiempo sola. Ha visto impotente como sus vecinas hermanas han ido sucumbiendo devoradas desde dentro por infinitas larvas blancas y gruesas, incansables e insaciables. Ella aguanta impertérrita. Seguirá jugando a la ruleta rusa mientras el azar le sonría. Nada que el tiempo no puede solucionar.

Acelera. El otro lado del rio. 80. De nuevo la cola irreal e injusta. Siempre ahí. Caprichosa volatilizándose cuando le place. Nunca en su presencia.

Durante el trayecto siempre el mismo pensamiento. La sensación de no ser dueño de uno mismo. La sensación de que un simple gesto, una pequeña acción, es suficiente para cambiar esa monótona y segura inercia, como el nudo que, en apariencia aparece fuerte y sólido pero que cuando alguien tira de él se convierte en una inofensiva línea recta. Siente que, simplemente con un giro de volante sería suficiente para salir del atasco y dirigirse a una carretera desierta con una larga recta donde puede acelerar y devorar kilómetros. Por un momento llega la ilusión, el ánimo cambia. Hasta que, de nuevo, como siempre, le envuelve la sensación de no ser dueño de su destino. Por enésima vez surge la debilidad del peón sacrificado por capricho de la reina y, de nuevo, como siempre, piensa en la palmera y en la ruleta rusa. 

30 de noviembre de 2015

True entomologist



- Papi, ¿Tu qué haces en el trabajo?

Hubo un tiempo en el que esa fatídica pregunta suponía pulsar un botón rojo en su interior que desencadenaba un sentimiento mezcla de desazón, cabreo y autocompasión. Con los años la absurda obligación de realizarse profesionalmente se hundía de manera lenta pero segura en las arenas movedizas de su existencia. Antes hubiera buscado historias convincentes, viajes apasionantes, investigaciones innovadoras, proyectos exóticos, aderezados por mil y una anécdotas que despertaran la admiración de una niña pequeña.

Ahora ya no.

Ahora disfrutaba cada vez más escuchando la sobreestimada profesionalidad de los que le rodeaban. Aunque a pesar de ello nunca osara criticarla. Comprendía que, al fin y al cabo, no es más que una manera como otra de afrontar nuestro efímero paso por este mundo. Hubo una época que para él también era importante esa autoafirmación, esa necesidad de ser consecuente con tus gustos y con tus estudios que te llevaba a buscar ansiosamente el trabajo ideal, el que te realizara como persona.

Todo eso pasó. Finalmente comprendió que la minúscula pieza que representaba en el engranaje de la maquinaria de eso que llamamos sociedad, era completamente reemplazable. Que, una vez atrapado en el tablero de la partida económica imperante, lo único importante era mantenerse a flote. Sabía que, mientras pagara religiosamente sus impuestos y sus préstamos, no iba a haber ningún problema, no acabaría en la caja de piezas inútiles y marcadas para siempre. Lo demás era absolutamente indiferente. Comprendió lo que los actores llaman trabajo alimenticio. Todo seguía igual. Simplemente se había sustituido la jornada de caza y recolección del Neandertal por la jornada de correos electrónicos e informes frente a la pantalla del ordenador. Nada más ni nada menos.

Al final comprendió que toda esa ansiedad y desasosiego por intentar cumplir siempre con las expectativas no era más que una forma de autocomplacencia de su propia consciencia, de una necesidad de estar bien consigo mismo impuesta por otros, de la necesidad de auto convencerse de que todo va bien y de la necesidad de que los demás se den cuenta de que todo va bien.

Más vale tarde que nunca.


“La conciencia humana es un error trágico en la evolución. Nos volvimos demasiado conscientes de nosotros mismos… Somos cosas que operan bajo la ilusión de tener un yo, pero todo el mundo es nadie. Lo más honesto sería negar la programación genética, cesar de reproducirnos, extinguirnos, caminar de la mano hacia la extinción como el que sale de un mal negocio”. Peter W. Zappfel.

19 de octubre de 2015

22 de septiembre de 2015

Un mundo feliz


- "El secreto de la felicidad y la virtud: amar lo que se tiene la obligación de hacer".
- "La gente es feliz; tiene cuanto desea, y no desea nunca lo que no puede tener".
- “Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social, del que no podrá librarse”.
- “La civilización no tiene en absoluto necesidad de nobleza ni de heroísmo. Ambos casos son síntoma de ineficacia política”.
"Los discursos sobre la libertad del individuo. La libertad de no servir para nada y ser desgraciado. La libertad de ser como clavija redonda en el agujero cuadrado".

Un mundo feliz. Aldous Huxley. 1932.
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El monzón hacía el ambiente sofocante. Calor. Un cielo grisáceo que apaga todos los colores. La mezcla de olor a aceites refritos, sudor, agua estancada, basura acumulada disputada entre hombres y cuervos. Charcos inmensos a modo de estanques en cruces y calles. El sonido incesante y sistemático de decenas de cláxones y motores de combustión de todo tipo de vehículos. Gente y más gente por calles, aceras, invadiendo tiendas destartaladas con estanterías hasta el techo llenas de cualquier cosa que se pueda vender. Puestos ambulantes con toda clase de alimentos perecederos o no. Dos semáforos. Apáticos guardias urbanos, con varas que usan sin contemplaciones, jugando a un Tetris tridimensional cada mañana y en el que se saben perdedores antes de iniciar la partida. Edificios que envejecieron sin terminarse mostrando su esqueleto y con él, la intimidad de sus ocupantes en un reality con audiencia cero. Hombres con el torso desnudo, cuerpo fibroso y ojos blanquísimos de mirada perdida, tirando de rickshaws en los que viajan hombres, mujeres y niños hablando con el móvil con total tranquilidad. Polvo, mucho polvo. Atascos monumentales. Autobuses destartalados y repletos con los laterales rascados mostrando sus heridas de guerra. Agresividad. Atascos eternos. Colapso. Y al salir del caos de nuevo más caos.


Observaba todo intentando no perder detalle, respirando el aire acondicionado en el interior del taxi que les conducía de vuelta al hotel. Le gustaba fijarse en la gente. Se preguntaba cómo podían convivir diariamente con esa anarquía. Veía a los hombres cargados con materiales o enseres de todo tipo, veía como se humedecían los labios resecos con la lengua ante la imposibilidad de beber o comer durante las horas de luz por el Ramadán. Pasaban junto al taxi en bicicleta o carromatos cargados de jackfruits, mangos o de cualquier otro sabroso fruto de temporada. Se fijaba en las mujeres, la mayoría cubiertas con velo, pero algunas sin él, que cruzaban las calles con decisión a través de los estrechos pasillos que dejaban los vehículos en el atasco. Sin conseguirlo, trataba de mostrar indiferencia ante la gente que le daba pequeños golpecitos en el cristal de la ventanilla para pedir limosna. Un viejo sin manos, mujeres con el rostro deformado y, niños, muchos niños, desfilaban incansables de un coche a otro y luego a otro. Demasiados niños, pensó, sin otro futuro que vivir en y del atasco diario.

Estaba convencido de que el ambiente siempre es más determinante que el individuo. El fenotipo se imponía al genotipo. No podía evitar pensar en la fortuna de nacer en un lugar o en otro del planeta es lo que marca el devenir de cada individuo. Lo que para unos representa un regalo otorgado por el azar que les permite crecer en un ambiente con todas las necesidades básicas –y alguna más- cubiertas, para otros es una vida anclada a una cadena perpetua que resulta casi imposible romper.

Siempre se preguntaba qué posibilidad había de cambiar esto. ¿Qué posibilidad real tiene los niños de Dhaka, aun deseándolo, de salir de ese ambiente y cambiar su vida por otra supuestamente mejor? Esa supuesta libertad de elegir su destino ¿es real o una quimera que les mantiene esperanzados y felices?¿Es suficiente con tener la conciencia de la libertad de elección, tener el deseo de mejorar, de prosperar aunque en la práctica ese deseo sea casi una utopía? ¿Realmente estamos tan lejos de la dictadura que Huxley plantea en Un mundo feliz por el mero hecho de que allí nadie aspira a nada más de para lo que ha sido creado y aquí sí?.

Le sirven un té oscuro en un vaso de cristal desgastados por el uso. Está ardiendo lo que invita a la conversación mientras se degusta con calma. Sentados en unas sillas a las puertas de la cafetería de la Universidad de Dhaka, desconecta de tanto inglés y, por un momento se abstrae y mira a su alrededor. Lo que ve no se diferencia mucho del bar de su Facultad. Seguramente, si entendiera lo que oye tampoco distaría mucho de las inquietudes de un joven universitario europeo…o si.  

21 de julio de 2015

Trek Fuel ex 7 27.5


Los hombres y los niños sólo se diferencian en el precio de sus juguetes. Anónimo.

19 de junio de 2015

Pachamama


Necesitaba salir, aunque fuera un suspiro a contrarreloj, desconectar, despejarse, llegar y sentarse en el bancalet de la Gota, escuchar el hilillo de agua cayendo y las ramas del álamo mecidas por la brisa que corría encajonada por la Vigueta.

Subió como casi siempre hacia el Berro, sumido en sus pensamientos de los que sólo fue capaz de abstraerse en la subida antes de la bifurcación, cuando tuvo que concentrarse en mantener el equilibrio e improvisar la trayectoria, borrada por el último chaparrón.

Llegó casi sin darse cuenta a la fuente, agradeciendo a la Sierra lo extrañamente silenciosa y vacía que se encontraba para ser un domingo de junio. Se sentó un buen rato intentando no pensar en nada, observando los picos que casi le rodeaban por completo, se sentía protegido por esas montañas, arropado por el susurro de viento agitando las hojas de los árboles y por ese silencio casi irreal, tan irreal que, por un momento, pensó que era un silencio impuesto por la propia montaña, un gesto de acogimiento, un abrazo materno al hijo necesitado de él. Por un momento se sintió a salvo de sus miedos, protegido por algo más grande que él o que cualquiera. Durante ese instante que nadie le puede robar, se sintió seguro y reconfortado.

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La Pachamama (la Madre Tierra) representa a la Tierra, pero no solo el suelo o la tierra geológica, así como tampoco solo la naturaleza; es todo ello en su conjunto. No está localizada en un lugar específico, pero se concentra en ciertos lugares como manantiales, vertientes, o apachetas*. Es una deidad inmediata y cotidiana, que actúa directamente, por presencia y con la cual se dialoga permanentemente, ya sea pidiéndose sustento o disculpándose por alguna falta cometida en contra de la tierra y por todo lo que nos provee. No es una divinidad creadora sino protectora y proveedora; cobija a los seres humanos, posibilita la vida y favorece la fecundidad y la fertilidad


*La apacheta, del quechua: apachita, es un montículo de piedras en forma cónica una sobre la otra que realizaban los pueblos indígenas de los Andes de América del Sur a modo de ofrenda a la pachamama y/o deidades del lugar, en las cuestas difíciles de los caminos incas.

25 de mayo de 2015

El traje nuevo del emperador


- Ya lo he leído Papi.
- ¿Y lo has entendido?
- No.
- No te preocupes, ya lo entenderás. El mundo está lleno de ejemplos.